28/08/2018
Hace poco vi como las lágrimas afloraban a los ojos de un hombre mientras saboreaba un whisky irlandés. No por el whisky en sí, obviamente, sino porque ese sabor le traía recuerdos, recuerdos de sus mejores años, cuando acostumbraba a tomar ese whisky concreto, en ese lugar concreto, en compañía de personas que a día de hoy se han distanciado, e incluso otras que, por desgracia, ya no están. Es el poder de la memoria sensorial, recuerdos asociados vivamente a olores, sabores o sonidos (nuestro disco duro más potente). Y también es la nostalgia haciendo acto de presencia, y por ello precisamente, hoy vengo a hablar de la nostalgia hecha novela.
No puedo no dar las gracias a mi tía por haber contribuido a mi amor por la literatura. Desde que siendo un adolescente empecé a interesarme por la lectura, cada vez que iba a su casa me llevaba un puñado de libros, por lo que se podría decir que fue ella quien “me presentó” a algunos de los autores que hoy más disfruto: Hemingway, Dostoievski, Alberto Vázquez Figueroa…pero sobre todo Gabriel García Márquez. Y nada menos que a través de su obra magna, la cual siempre describo como un verdadero mosaico de emociones humanas, que bien podrían servir de ejemplo en una clase de psicología.
“Cien años de soledad” es la historia de una familia, los Buendía, a lo largo de siete generaciones. Es también la historia de un pueblo, Macondo, un escenario en el que tienen cabida todo tipo de sucesos mágicos: un diluvio que dura cuatro años, once meses, y dos días, una epidemia de insomnio que borra la memoria a la gente, fantasmas que constantemente intentan interactuar con los vivos, debido a su soledad y aburrimiento en la muerte, etc. Todo ello, con la más tierna y cotidiana de las prosas. Un entorno idílico que poco a poco va deteriorándose, al igual que la frágil memoria de sus habitantes. Páginas y páginas harían falta para describir la maravillosa caracterización de sus personajes: la ternura de Úrsula Iguarán, la razón en la locura de José Arcadio Buendía, el impenetrable corazón de Amaranta, la divina belleza y desenfado de Rebeca “La Bella”, la bondad de Petra Cotes, o la soledad, incluso en la compañía, del Coronel Aureliano Buendía, que promovió treinta y dos levantamientos militares, y los perdió todos. Sin embargo, en ese caos de personalidades existe un nexo entre todos ellos, y es que, de diversas formas, pero irremediablemente, todos ellos están condenados a la soledad (o la tragedia) y la nostalgia de un tiempo pasado.
Y es que, la soledad nos alcanza a todos, tarde, o temprano, y en ocasiones construye sutilmente una coraza a nuestro alrededor, como el moho, en palabras de Olivia Laing. La nostalgia surge mientras tomamos conciencia de lo escurridizo que es nuestro tiempo. Es cuestión, por tanto, de atesorar los momentos (y las personas) que de verdad importan, que nos llenan, que nos inspiran, siempre teniendo en cuenta que amarse a uno mismo es parte de ese mismo camino: Nosce Ipsum.
Y tener en cuenta que probablemente nos toque conocer (sin llegar a conocer) a muchas personas antes de tropezar con las adecuadas. Se trata, como oí hace poco, de, mientras tanto, aprender a “ser” solo, que no estarlo. Con suerte, con el tiempo, y al igual que el Coronel, comprendamos el secreto de una buena vejez: un pacto honrado con la soledad.
“Aureliano Segundo pensaba sin decirlo que el mal no estaba en el mundo, sino en algún lugar recóndito del corazón de Petra Cotes, donde algo había ocurrido durante el diluvio que volvió estériles a los animales y escurridizo el dinero. Intrigado con ese enigma, escarbó tan profundamente en los sentimientos de ella, que buscando el interés encontró el amor, porque tratando de que ella lo quisiera terminó por quererla. Petra Cotes, por su parte, lo iba queriendo más a medida que sentía aumentar su cariño, y fue así como en la plenitud del otoño volvió a creer en la superstición juvenil de que la pobreza era una servidumbre del amor. Ambos evocaban entonces como un estorbo las parrandas desatinadas, la riqueza aparatosa y la fornicación sin frenos, y se lamentaban de cuánta vida les había costado encontrar el paraíso de la soledad compartida. Locamente enamorados al cabo de tantos años de complicidad estéril, gozaban con el milagro de quererse tanto en la mesa como en la cama, y llegaron a ser tan felices, que todavía cuando eran dos ancianos agotados seguían retozando como conejitos y peleándose como perros.”
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