domingo, 15 de diciembre

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Juan Gomez-Jurado, escritor

Haciendo las américas

Mapa de los sonidos de Texas

por Lola Romero (Houston)

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Además de los olores, los sabores y el impacto de la luz, muchos de mis recuerdos se componen de sonidos. Ya he dicho aquí alguna vez que soy muy sensorial, y que frecuentemente me sorprendo hilando pensamientos, recordando tal o cual día sólo porque el perfume de alguien, o la música en una tienda, han despertado mi memoria. Me pasa también con los sonidos, por eso relaciono el mes de Septiembre con el sonido del himno a Santo Tomás de Villanueva (patrón de mi pueblo), o el mes de mayo al folklore de jotas y fandangos que acompañan a los mayos en sí, y algunas canciones de los 80 siempre me dejan recordando los sábados de invierno de cuando era pequeña, en mi casa, jugando con mi hermana y viendo películas como Los Goonies, Regreso al futuro o Indiana Jones.

Supongo que por esto, ya tengo mi propio repertorio de sonidos de Texas que algún día recordaré, espero, desde España. Muchos de ellos no son extraños, pues los motores de los coches, el agua fluyendo, variedad de insectos y una largo etcétera, como es lógico, suenan aquí igual que en cualquier otra parte del mundo, pero hay otros que no tienen comparación posible. Por ejemplo: el “cantar” de muchos pájaros autóctonos en los árboles de mi jardín. No me preguntéis de qué tipo, no tengo ni idea, sólo sé que son rojos y azules (pero muy rojos y muy azules), y que pían en tonos y cadencias distintas a lo que yo haya oído en nuestro país. Y lo mismo con los tipos de chicharras y grillos que hay aquí, que, sobre todo en las noches estivales, producen notas variadas y diferentes, más intensas y salvajes, si es que eso tiene sentido…

Otra cosa, no precisamente natural, es el zumbido constante de los aires acondicionados de mi vecindario en verano. Me acabo de dar cuenta de que ese zumbido me evoca calor, humedad y, eso, verano. Pero es curioso que estando dentro de casa no se oye casi, es cuando sales a la calle cuando eres consciente de la cantidad de potencia que es necesario usar para mover (y re-mover) el aire en las casas.

También mi mapa de los sonidos de Texas tiene mucho ruido de fondo de conversaciones en inglés. Aunque ya no tengo prácticamente ningún problema con el idioma, como no es el mío, desconecto fácilmente si no me hablan directamente a mí. Oigo sólo “ruido” cuando voy en el ascensor, o hago la compra o acompaño a mi hijo a alguna actividad. Y, claro, tampoco es bueno que me haya acostumbrado a eso, porque si de repente alguien se dirige a mí, tengo que pedir que me repitan la pregunta, o peor, me da tanta vergüenza, que acabo asintiendo con una sonrisa sin tener ni idea de lo que me han dicho.

Y muy de aquí es el zumbido nervioso de las alertas gubernamentales en los móviles, la interrupción y pitido robótico en la tele y la radio cuando emiten avisos de alguna condición meteorológica desfavorable. O las alertas Amber por niños secuestrados, las alarmas de los test que llevan a cabo de vez en cuando de otros sistemas de seguridad nacional, y las sirenas de los simulacros de incendio en el edificio del trabajo. Son ciertamente molestos estos “ruidos”, pero es mejor no pasarlos por alto…

Aparte de esto, guardo una lista de canciones que me llevan irremediablemente a acordarme de mi vida aquí: los primeros meses, por ejemplo, los tengo asociados al grupo Imagine Dragons y su “Demons”, porque era lo que sonaba en la radio a todas horas; a lo largo de las cinco Navidades que ya hemos pasado aquí, me ha dado tiempo a aprenderme todos los villancicos y sones navideños en inglés de todas las décadas y estilos musicales; y así un largo etcétera que pasa por el “Despacito” versionado en todas las fiestas de españoles, el “Only you” de Yaz (o Yazoo) que he escuchado en no pocas series últimamente, y cómo no, el country en general y George Strait en particular, ya que aquí todos, incluso los más jóvenes, bailan, cantan y opinan sobre cuál es la mejor canción “true country” (o country de verdad) a la menor oportunidad.

Y así voy componiendo mi “Mapa de los sonidos de Texas”, nota a nota, canción a canción, pitidos, rugidos, alarmas y, también, palabras. De mi hijo, de mi marido, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo…

Un tema, una pista más… de la banda sonora de mi vida.