domingo, 15 de diciembre

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Juan Gomez-Jurado, escritor

Haciendo las américas

Pueblos de verano

por Lola Romero (Houston)

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He descubierto hace relativamente poco que en Texas también hay pueblos que duplican y triplican la población en verano. De hecho, los llaman algo así como “pueblos de verano” o “pueblos de vacaciones”, no recuerdo exactamente la expresión, y lo pude comprobar de primera mano cuando tuve que ir por trabajo a una de las sedes de la empresa, que está en un pueblo, o más bien una ciudad pequeña, entre Austin y San Antonio.

La primera sorpresa llegó cuando al tratar de reservar en el hotel más cercano unos días antes, todas las habitaciones estaban ocupadas. Encontré alojamiento en otro hotel un poco más lejos, pero me llamó la atención al llegar al “lobby” la cantidad de personas en el bar, esperando a un autobús en la puerta y en el mostrador de recepción haciendo el “check-in” o registro para poder subir a la habitación asignada.

El misterio se resolvió un poco más tarde, cuando unos compañeros me llevaron a cenar a un sitio típico a la orilla del río Guadalupe y también allí el aparcamiento, que normalmente no tiene más de una decena de coches según dijeron, ese día casi no tenía un centímetro libre. Era un martes por la tarde de finales de junio, y entonces cayeron en la cuenta de que ya eran “vacaciones”.

Y es que como los colegios aquí acaban a primeros de junio y el calor aprieta desde bastante antes, la temporada veraniega, entendida como periodo vacacional y de “pico” de ocupación hotelera, comienza a mediados de junio y acaba a primeros de agosto. Así que aquel día, en aquel pueblo perdido en medio de Texas, me encontré con una multitud esperando para cenar a la orilla del río. Familias, parejas, pandillas de adolescentes… el ambiente era bastante festivo y relajado, casi diría que de feria si no fuera porque no había puestos, churrerías ni atracciones. Sin embargo, sí que había “orquesta” y baile. De country tejano, por supuesto, pero precisamente por ello, muy auténtico.

Después de cenar, caminamos apenas unos pasos siguiendo la música y entramos en el que se considera el “dance barn” (o granero de baile) más antiguo de Texas. Allí un grupo de músicos tocaba y versionaba canciones muy conocidas de country con banjos, guitarras acústicas y otros instrumentos, como una guitarra de pedal de acero que yo no había visto nunca. De hecho, he tenido que buscar el nombre y básicamente lo he traducido del inglés porque no lo había oído antes.

El grupo tocaba bastante bien y muchas parejas y grupos bailaban en la pista, aunque me llamó especialmente la atención la cantidad de gente joven divirtiéndose, luciendo botas de cowboy (a pesar del calor), vaqueros y sombreros diversos. No importaba que la canción fuera lenta o rápida, “agarrada” o “en línea” (como llaman aquí al tipo de baile en grupo en el que se repiten una serie de pasos mientras se va girando en círculo), jóvenes y mayores, y hasta niños, se animaban y danzaban sin pudor.

A mi se me iban los pies y me hubiera encantado poder bailar algo, pero me dio un poco de vergüenza al ir con compañeros de trabajo. Tampoco nadie de nuestro grupo hizo el amago o preguntó si bailábamos, supongo que por la misma razón. Me vino bien para observar y hacer estas notas mentales que ahora escribo, y también para disfrutar del grupo que tocaba y de las versiones que sonaban fenomenal. Y para constatar una vez más que hay cosas que son universales… como que también aquí los pueblos son un destino veraniego de primera, ya sea por volver a “casa” con la familia y los amigos, o por descubrir nuevos rincones y maravillas.

 

Foto: Uno de los rincones del Dance Hall de Gruene, el “dance barn” más antiguo de Texas que he mencionado más arriba.