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Haciendo las américas

Al rico helado

por Lola Romero (Houston)

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Recuerdo haber visto alguna vez el carrito de los helados que los dueños de la Heladería Valenciana de mi pueblo aparcaban en una esquina de la plazuela de Santo Domingo o en el parque del Paseo. Sería durante el mes de julio o agosto, cuando el eje de las salidas nocturnas se trasladaba desde la Plaza Mayor de Infantes nuestro parque más conocido. Recuerdo aquel carrito pequeño rodeado de niños, pidiendo polos de hielo o de los otros cremosos que tenían forma de pie, o de tornado, aunque, en mi época, creo que estas eran salidas más o menos excepcionales. En otros tiempos, como por ejemplo cuando mis padres eran niños o adolescentes, ver el carrito sí que era una tradición y algo muy típico de las tardes y las noches de verano.

Casi siempre me viene esto a la memoria cuando escucho una musiquilla en la calle, así como de cajita de música, y mi hijo sale disparado a la puerta gritando “¡el ice cream truck!” (el camión de los helados, en castellano). No sé si alguna vez los habéis visto en la televisión o en el cine, pero estas furgonetas o camiones de helados que circulan por las calles americanas, pintados con llamativos colores y dibujos, y llamando o anunciándose por medio de músicas infantiles, en general me dan bastante repelús. A lo mejor es que los asocio a escena de miedo o terror, como he visto en tantas series y películas, pero el caso es que no me hacen mucha gracia. Sin embargo, claro, los niños acuden embobados por los colorines, la música y la promesa del subidón de azúcar. ¡Menuda gracia!

Como aquí hay poca cultura de parques, o salidas vespertinas a un lugar que no sea un restaurante, el cine o el centro comercial, y además hace tanto calor, supongo que tiene cierto sentido esta venta ambulante. Y aunque pueden circular cualquier día de la semana, ya sea por la mañana o por la tarde, como es lógico, hacen más caja los sábados, domingos y días festivos, cuando la gente está de barbacoa en los jardines o piscinas y apetece un postre que entretenga a los niños un rato. En la foto, de hecho, tenéis a mi hijo y los hijos de otros amigos, aprovechando la oportunidad en un día de comilona “española” y “a la española”.

Digo que me acuerdo del carrito pequeño y manual del heladero de mi pueblo cuando veo estos camiones, pero es más por oposición que porque tengan mucho en común, claro, empezando por el carrito en sí y terminando por la variedad de la oferta: helados artesanos y bastante naturales por un lado, y aguas con colorantes, sabores artificiales y mucho azúcar por otro (¿adivináis cuál es cuál?).

A lo largo de nuestros cinco años aquí en Houston, he visto, y oído, muchos camiones de helados, pero me sigue haciendo gracia su éxito. Y también se me sigue erizando un poco el vello de la nuca, como si el sonido de cajita de música un poco cascada encendiera una señal de peligro en mi cabeza. Supongo que he visto demasiadas películas…

 

Foto: Lola Romero.