lunes, 19 de noviembre

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A Internet se le da bien manipular a las personas

Timothy Snider, escritor

Haciendo las américas

De boda

por Lola Romero (Houston)

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La boda de mi prima Bea me ha traído a España por apenas un fin de semana. Ya lo sé, con lo largo que es el viaje… pero es que la ocasión lo merecía. Así que con un vestido largo, los tacones y ropa para tres días, todo bien encajado en una maleta de mano, me monté en un avión primero con destino a Dallas y, luego, a Madrid.

Y ya que hablo de bodas, creo que es una de las pocas ceremonias que me quedan por vivir aquí, y es que no conozco a nadie que se haya casado en estos casi cinco años. Tengo un par de compañeras que no creo que tarden mucho, pero hasta ahora todo lo que sé es por referencias. Por ejemplo, que aquí no hay padrino o madrina, sino “best man” y damas de honor, figuras que por lo general suelen ocupar los amigos de los novios. Cuando alguna vez he comentado lo de los padrinos de boda a amigos o compañeros americanos, la reacción ha sido la misma: “¿No es gente joven?”. Se sorprenden porque la fiesta de la boda aquí a veces parece más una celebración entre amigos que con la familia…

Justo la semana pasada, una americana de la empresa me preguntaba por las bodas en España, ya que le han invitado a una este verano en Madrid. Se notaba que le daba un poco de apuro, pero al final consiguió preguntarme si era común dar dinero y qué cantidad sería apropiada. Cuando le dije el estándar para el grado de “cercanía” que ella me dijo que tenía con los novios, a la pobre le cambió el gesto… Y es que parece que en Estados Unidos los regalos son más modestos, más materiales (aunque también se da dinero) y, quizá, más “regalo”, no tanto la obligación de cubrir al menos el cubierto, valga la redundancia.

Otra cosa que me hace gracia es lo que les encanta la parafernalia de la pedida de mano, cómo lo anuncian en sus redes sociales y, en ese sentido, lo tradicionales que son. Existe hasta una regla no escrita que dice que el anillo de pedida tiene que costar un porcentaje determinado del salario (anual, creo) del novio. Pensé que era broma cuando me lo dijeron, pero he comprobado que no, que es una de esas cosas que forman parte de la sabiduría popular. O cultural.

Y ya que estoy, aunque sólo sea de pasada, os cuento que la boda real inglesa del príncipe Harry y Meghan Markle se vivió aquí casi como un acontecimiento nacional. Eso de tener una princesa americana disparó el interés y la expectación, hasta el punto de que los principales periódicos lanzaron ediciones especiales o conmemorativas, y en muchos lugares (Houston entre ellos) se organizaron “bodas alternativas” en restaurantes y complejos nupciales, en las que se retransmitió en directo la ceremonia, y a las que había que acudir vestido como si fueras de verdad un invitado en el Castillo de Windsor.

Pero como todavía no he vivido una boda americana en primera persona (bueno, en segunda o tercera más bien), vuelvo a la de mi prima Bea, que ha sido muy española y muy bonita. No ha faltado ningún detalle, y hasta la lluvia permitió que los novios entraran y salieran de la iglesia sin paraguas.

Han sido pocos días, pero ha merecido la pena absolutamente. Bea, Javi, gracias y… ¡que seáis muy felices!

 

Foto: Santi López.