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Rejuvenecer nuestras células puede hacerlas más proclives al cáncer

Thomas Rando, investigador de la Universidad de Stanford

Estreno en Royal City

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Handia ()

Director: Jon Garaño y Aitor Arregi

Intérpretes: Ramón Agirre, Eneko Sagardoy, Joseba Usabiaga, Aia Kruse, Iñigo Aranburu, Iñigo Azpitarte

Sinopsis: Tras haber luchado en la Primera Guerra Carlista, Martín vuelve a su caserío familiar en Gipuzkoa y allí descubre con sorpresa que su hermano menor, Joaquín, es mucho más alto de lo normal. Convencido de que todo el mundo querrá pagar por ver al hombre más grande sobre la Tierra, ambos hermanos se embarcan en un largo viaje por Europa en el que la ambición, el dinero y la fama cambiarán para siempre el destino de la familia. Una historia inspirada en hechos reales. (FILMAFFINITY)

Crítica de José Luis Vázquez

Valoración: 3 estrellas

Tenía muchas ganas de ver el segundo trabajo de los vascos Jon Garaño y Aitor Agirre, tras su afortunado debut hace tres años con la delicada y muy apreciable LOREAK (FLORES).

Ante dicha credencial no me arrebata como esperaba, me gusta a secas, sin mayores aspavientos esta vez. Ambos cineastas vuelven a muñir una obra delicada, esmerada, muy cuidada en lo formal. También arrítmica y con una parte central, la que tal vez debería haberse erigido en la más fluida y animosa, un poco pesada.

Cuentan la historia de Migel Joakin Eleizegi, el conocido como gigante de Altzo, un guipuzcoano que desarrolló un cuerpo que no paraba de crecer. Padecía acromegalia. Si las informaciones resultan fiables llegó a alcanzar los 2,27 metros de altura y los 2,42 de envergadura que alojaban 212 kilos de humanidad. Una enorme cápsula corporal sustentada en unos pies alojados en unos zapatos –como queda patente al ser oportunamente expuestos en un escaparate- de 36 centímetros. Algo que, insisto, no sé hasta qué punto está verificado, al igual que nunca se supo quién acabaría apoderándose de su cadáver, de sus huesos.

Tal vez no debería haberles ofrecido tantos datos de medidas, pues estas no casan bien con el tono ofrecido, de un lirismo quedo, una alegoría poética que no consigue engancharme del todo para su causa. Pero quede claro que consiguió el gran premio del Público en el reciente Festival de San Sebastián y que ha cosechado muy buenas críticas en la prensa y las revistas especializadas españolas. Y ahora hay que añadir los 10 Goyas cosechados en la edición de 2018 que corresponde a las películas de 2017.

De alguna manera supone una especie o variante de HOMBRE ELEFANTE algo más sofisticado y de diferente deformidad, pues al igual que aquél también fue exhibido por diferentes plazas. Desde luego sus autores no es que pretendan seguir el camino trazado en la obra maestra de David Lynch sino otro bien diferente, más conectado con sentimientos atávicos, con las raíces de la tierra donde transcurre una buena parte de su metraje.

Parte de un material argumental muy a tener en cuenta. Su intención de fabular y ofrecer metáforas sobre la sociedad vasca y sobre la propia condición humana son propuestas dignas de tener en cuenta. O la sutilmente entablada entre tradición y cambio, realidad y leyenda, aunque esta últia siempre tamizada y sin rebasar jamás las lindes de lo creíble pese a su carácter insólito, inusual, sorprendente. También habla de mutaciones físicas y emocionales o de amores fraternales, tal vez uno de sus asuntos más a tener en cuenta.

Me sorprenden gratamente algunos apuntes que revelan autocrítica y dureza acerca de la propia identidad euskalduna. Dos ejemplos, ese diálogo en que uno dice “¿es retrasado?”, a lo que responde el interpelado “no, es vasco”. O aquél otro, hacia el final, en que un padre apegado al terruño y errado en su cometido como tal parece no querer tener memoria sobre un episodio del pasado relacionado con el carlismo en el que él decidió sobre la suerte de uno de sus hijos. El mismo padre cuya pinta, y ya no me refiero estrictamente a lo físico, parece esculpida por la de un Xabier Arzallus de un caserío cualquiera.

Alguna secuencia, de otra índole, morbosilla, también tiene su aquél. Como esa alusiva a una adolescente, más bien niña, Isabel II y un requerimiento que hace al coloso.

Lástima que, al contrario que lo que le ha sucedido a otros colegas o espectadores, no me acabe de conmover pese a que le reconozca innegables virtudes formales y de otro tipo. Y es que tal como sugería al comienzo de esta crónica, tras un comienzo fácilmente envolvente, justo cuando llega un episodio en sí mismo curioso y atractivo, el encuentro con otro gigante –Saad- en torno a las megalíticas piedras de Stonhegen, va perdiendo fuelle y acaba resultando más evidente su tono apagado y mortecino, un tanto a lo MONSIEUR CHOCOLAT, más impregnada de un tono expositivo de cierta frialdad. Tampoco su encuentro con una similar femenina entiendo que haya sido bien aprovechado, se queda en pura carcasa. En cualquier caso, ello no acaba por anular sus valores, ni mucho menos.

Merece ser vista, resulta interesante, rara, extraña y hace gala de un esteticismo nada empalagoso ni autocomplaciente. Bien podría pasar por una propuesta procedente del cine británico, dicho ello como elogio.

Concédanle una oportunidad, no creo que se arrepientan, aunque pudieran también sentirse aplomados en algunos de sus tramos.

José Luis Vázquez

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