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Estoy muy ilusionado por darle una vuelta de tuerca a la selección

Luis Enrique, entrenador de la selección española de fútbol

Diario de un Cinéfilo Compulsivo

 

Lunes, 16 de abril

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Foto: Jean-Pierre Léaud y Jacqueline Bisset en La noche americana/La nuit américaine

-Quinto estreno del fin de semana (me queda uno tan solo de esta tanda, LEO DA VINCI) que veo este domingo, pero del que les ofrezco la crítica este lunes, RABBIT SCHOOL: LOS GUARDIANES DEL HUEVO DE ORO (DIE HÄSCHENSCHULE):

Esta vez voy a ser magnánimo con una muestra de esa oleada de producciones animadas, preferentemente europeas, que inundan las pantallas españolas en los últimos tiempos en busca de esos espectadores fieles y agradecidos que son los niños, pero ojo, que también tienen criterio.

La “encausada” procede de un país, Alemania, con una persistente tradición en el género en los últimos tiempos. No se olviden títulos como la reciente LA ABEJA MAYA (en co producción con Australia) y su secuela, LOS JUEGOS DE LA MIEL, UNA CIGÜEÑA EN APUROS, ¡SOCORRO, SOY UN PEZ! y los que considero los dos mejores gestados en lo que llevamos de siglo, una curiosa versión de las aventuras de TARZÁN y la espléndida y estremecedora (trata sobre un terrible hecho histórico, la matanza de refugiados palestinos en Sabra y Chatila) coproducción con Israel VALS CON BASHIR.

RABBIT SCHOOL:  se sitúa en un término medio, su animación artesanal entremezclando 3D y 2D es respetable y su argumento, al menos, está basado en un cuento tradicional germano muy popular, escrito por Fritz Koch-Gotha y Albert Sixtus.

Ello no impide que siga adoleciendo de la infantilización –lógica por otra parte- que suele sufrir este tipo de producciones en cinematografías ajenas a la estadounidense, aunque hay valiosas excepciones como la escuela irlandesa, francesa o belga.

Al menos esta historia de huevos de Pascua, conejos tradicionales y más pillastres (de campo y de ciudad, para despejar más la cuestión), zorros, buenos sentimientos y amistad desprende un cierto encanto.

Además, su parte técnica, fondos, paisajes, naturaleza, movimiento de personajes cuentan con un tratamiento aceptable. Ute von Münchow-Pohl ha llevado a cabo un trabajo aseadito e imprime a estas simpáticas aventurillas, fundamentalmente para críos pequeñajos, un ritmo fluído.

Obtuvo el máximo galardón en el Festival de Munich de este género. Y no es que este certamen sea el colmo de reconocimiento, pero tiene su prestigio.

En la versión original pueden escuchar las voces de respetables intérpretes del gran país centroeuropeo, como Senta Berger (LA CRUZ DE HIERRO) o Friedrich von Thun (LA LISTA DE SCHINDLER).

-El ritmo cinematográfico/periodístico que llevo me impide detenerme muchas veces en muchas noticias luctuosas en las que me gustaría reparar más, para destacar las virtudes profesionales de los finados relacionados con el Séptimo Arte. Es el caso de Vittorio Taviani, uno de los dos hermanos Taviani, que nos dejaba este pasado domingo a la respetabilísima edad de 88 años:

El célebre tándem del cine italiano se rompe irremisiblemente. Para el recuerdo títulos de oro, algunos referentes durante nuestra Transición. Me refiero a PADRE PADRONE (PADRE PATRÓN), tood un latigazo contra el autoritarismo paterno y social, con un particular y bellísimo tratamiento de la sordidez mucho antes de que surgiera la magistral LÉOLO.

Pero ahí quedan también aportaciones tan sumamente valiosas como EL PRADO (no confundir con la también estupenda producción irlandesa dirigida por Jim Sherman), GOOD MORNING BABILONIA, LAS AFINIDADES ELECTIVAS o CÉSAR DEBE MORIR. Para mí, su gran obra maestra es la emotiva LA NOCHE DE SAN LORENZO (LA NOTTE DI SAN LORENZO), muestra inmejorable de ese estilo entre realistemente crudo y poético que supuso una de sus marcas de fábrica, protagonizada por la española Margarita Lozano.

Descanse en paz.

-Aunque ya había programado clásicos españoles, danesas o británicas, amplio el arco de nacionalidades de Los Clásicos del Deicy a otros países europeos de gran tradición cinematográfica, como Italia, del cual veremos dentro de dos semanas LA CHICA CON LA MALETA, o Francia, del que selecciono este lunes un título indispensable de su historia y del gran François Truffaut, LA NOCHE AMERICANA (LA NUIT AMÉRICAINE):

Nadie que ame un poquito esta para mí adicción llamada cine debería continuar desconociendo el decimotercer largometraje del miembro más ilustre y representativo de aquél movimiento libre y agitador denominado “nouvelle vague”, desde luego del que se manifestara como más sentimental, sin duda alguna. A François Truffaut me estoy refiriendo.

El aquí llevado a cabo es un apasionado ejercicio de amor a ese mundillo y al propio amor, a las mujeres, a la vida fundamentalmente. Es la obra de un cineasta maduro, cocido, recocido, pero sin atisbo alguno de pérdida de fe o desfallecimiento. De alguien que lleva este maravilloso mundo inoculado en vena… sin otras posibles vías que seguir acumulando más de lo mismo. Que emociona desde la naturalidad, desde el artificio más verosímil, que traspasa su pasión por lo que hace y por lo que es, por lo que supone de legítima aspiración, aunque luego puede que a veces no acompañen los resultados, pero sin merma alguna de ilusión o entusiasmo (¿recuerdan ED WOOD?). En un momento dado el propio director que representa idéntico papel en pantalla señala “en un principio se espera dirigir una obra maestra y luego se espera poder acabar la película”.

LA NOCHE AMERICANA pertenece a ese subgénero que prácticamente se remonta a los mismos orígenes de la existencia de este invento de los Lumiére, que reflexiona sobre sí mismo, cine dentro de cine. De sus gentes, sus avatares, sus tribulaciones, los rodajes, de cómo se gestan esos sueños que luego nos atrapan a los espectadores. Sobre construir ficciones en formato celuloide, plasmarlas, ponerlas en pie y conseguir que nos fascinen.

Figura muy a la cabeza de una terna impagable en la que destacan CANTANDO BAJO LA LLUVIA, CINEMA PARADISO, CAUTIVOS DEL MAL, EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES, LA ROSA PÚRPURA DE EL CAIRO, LA CONDESA DESCALZA, LOS VIAJES DE SULLIVAN, OCHO Y MEDIO, ED WOOD o EL JUEGO DE HOLLYWOOD. Un ramillete que bien podría formar un mosaico perfecto de los tantos registros, tonos, opciones y matices gestados en este fértil e inagotable caldo creativo.

La trama gira en torno a las tribulaciones de un director y del equipo de profesionales que tratan de ir entretejiendo un proyecto, una comedia romántico-dramática que responde al enunciado de JE VOUS PRESENTE PAMELA (OS PRESENTO A PAMELA). Sobre los entresijos, bullicios y ajetreos en torno a su rodaje. Esta excusa permite a Truffaut perpetrar innumerables homenajes a su pasión y a la nuestra. A ese CIUDADANO KANE envuelto en los sueños de quien robaba sus carteles de una sala cuando era crío. A esa calle llamada Jean Vigo. A múltiples referencias de algunos de sus más aclamados maestros, desde Lubitsch a Renoir, de Hawks a Hitchock o Fellini. A títulos fundamentales como EL PADRINO, CAMPANADAS A MEDIANOCHE o la misma OCHO Y MEDIO.

Un tanto felliniano sin caer en lo bufonesco es ese humor ligero y aparentemente banal que gasta. Ligereza y seriedad son combinadas mediante una puesta en escena fluida, ficción y realidad anidan en pasmosa armonía.

Los títulos de crédito no parten de ninguna influencia, pero participan de la fiesta, mostrando gracia y originalidad, pues nos son mostrados sobre la banda de sonido de la propia banda sonora que vamos escuchando. Otro de sus innumerables y preciosos guiños.

Y luego están esos seres cuidados con excelente mimo por el galo. Esa diva mostrada en su grandeza y en sus desvaríos etílicos, ese joven y frágil actor, ese otro maduro/veterano que comienza a vivir su ocaso, esa estrella americana que muestra aplomo y saber estar, esa script que comenta sus aventuras sexuales, ese propio cineasta adornado con una paradójica sordera, el mismo que tiene precisamente que dar respuestas a todos. Otorgándoles aliento nombres de prestigio, de justificado talento como Valentina Cortese, Jean-Pierre Léaud, Jean-Pierre Aumont o una guapísima, resplandeciente Jacqueline Bisset. Repárese en el dato de que esta obra está dedicada a aquéllas dos reinas del origen de todo esto, a las hermanas Gish, Lillian y Dorothy.

Ellos ponen rostro y movimientos a momentos de una belleza y encanto irresistibles. Como ese grupo reuniéndose para elegir la toma adecuada. O esa cámara elevándose para convertir una animada plaza parisina en un decorado de pura pega. O esa veterana actriz equivocándose de puerta.

Muchos de esos instantes bendecidos con la música delicada, grácil, vivaz (en algunos pasajes parece vivaldiana), siempre bella del imprescindible Georges Delerue poniéndole su inequívoco sello.

No me extraña que Hollywood la recompensara en 1974 con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, una de las estatuillas menos discutibles en toda la historia de este apartado.

Pura justicia con un empeño que como les indicaba al comienzo de mi reseña, constituye una declaración de amor en toda regla, un homenaje sentido y emocionado, pura borrachera cinéfila.

De las que, afortunadamente, generan contagio y afición. Y de las que, precisamente, por huir de la perfección acaba resultándolo aún más. Además, su frescura no ha decaído pese a sus cuarenta años de existencia.