domingo, 31 de agosto

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Barricada Cultural

 

La chica con cara de Cortázar

por Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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Me ocurrió el otro día, mientras esperaba la consulta del otorrinolaringólogo, bella y juguetona palabra, que sin duda le hubiera fascinado al fascinante escritor belga-argentino Julio Cortázar. Y es que ese día, vi a una chica exactamente igual que Julio Cortázar, una versión femenina, con pelo largo, y supongo que con las uñas pintadas, y claro, sin barba. Tenía esos ojos grandes, como de gato que guarda un secreto. Me dedicó una sonrisa cómplice, de dulce derrota, aceptando que había descubierto su provecto parecido literario. Jugaba con su teléfono móvil, tecleándolo, igual que hacía yo en ese momento con el mío.

Fantaseé con la idea de un Julio Cortázar con celular. A Borges si que no me lo imagino con ese artilugio, sus ojos no lo tolerarían. El pobre acabó casi ciego, aunque para él, la ceguera fuera un dulce atardecer de agosto. Continuemos con Cortázar. Tampoco lo imagino jugueteando con un celular, pero se hacen a la idea, no sé, en un mundo paralelo o en una dimensión literaria desconocida perfectamente alojada en nuestro corazón, de un aparato de éstos cargado con las notas de Julio. Qué delicia, por allí pulularían cronopios, y algún Axolt, alguien fumaría un Gauloises, de fondo Bird, claro.

He de confesarles muy seriamente que he variado mis hábitos de escritura, y planto mi obsceno dedo gordo en esa pantalla o plasma, o como demonios se quiera llamar. Una razón de facilidad justifica el fraude. Añoro esos cuadernos llenos de garabatos y caras sonrientes, de telas de araña en las esquinas, estrellas de David, cuadrados perfectos en tres dimensiones, y otros dibujos menos confesables. Ahora escribo menos en papel, y lo que más me duele es que la idea, el fogonazo repentino, lo almaceno en este feo aparatejo, y no en esos trozos furtivos de papel, verdaderas islas desiertas de palabras, que guardábamos antaño quién sabe dónde. Eso sí, para mi, la prueba de fuego sigue siendo el papel, aunque a veces la falta de tiempo haga que recurra al portátil, con teclado, por supuesto.

Si se paran a pensar, registramos nuestras vidas en esos pequeños diablos sin alma, dominadores de nuestros actos. Parece que sin ellos, no somos nadie. Todo debe responder a ese ansia humana de absorberlo todo, ríos, montes, soles, culos (por qué no), ojos, etc. Allí lo almacenamos, en una miserable tarjeta que se alimenta de nosotros, y que no podemos dejar de alimentarla, como cuando vamos a comer a un chino.

Por cierto, el otorrino bien, mi oído derecho no tiene ya remedio, su dulce atardecer ya comenzó hace tiempo, pero hay aparatos y cirugías, por fortuna. Bueno, les dejo, he decidido escribir mis memorias dentro del teléfono móvil, y tengo que apuntar lo de la chica que se parece a Cortázar.

Foto: elmundo.es