miercoles, 12 de agosto

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Barricada Cultural

 

Quemar dinero

por Ignacio Gracia

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Cuenta la leyenda que John Ford confesó arrepentirse de una escena en la genial película “El hombre tranquilo”. Es la parte en la que finalmente el hermano de la pretendida pelirroja accede al compromiso y debe aportar una dote, que en este caso es un voluminoso fajo de billetes. Si han visto la película –lo recomiendo encarecidamente, tanto si lo han hecho ya como si no, gran suerte para estos últimos-, sabrán que la cosa estaba caliente. Dada la conformidad, al pagar la prenda el dinero de la dote pasa rápidamente del hermano a Sean Thorton, el novio, y de este a una estufa que ella había abierto. Todo en menos de un segundo. Y parece que Ford comentó a posteriori que la única equivocación que cometió fue hacer que él tirase el dinero al fuego. Se lo tenía que haber tirado a uno de los muchachos y haber dicho: "Para una obra de caridad”. Es posible que fuera un error, pero la escena es sublime. Lo hacen mirándose a los ojos sin hablarse, de forma automática, coordinados sin prestar siquiera atención al sucio dinero. Les da lo mismo. Y hay cosas en las que no caben medias tintas. Me parece una genialidad.

Dicen que el sentido vital práctico de la gente del norte siempre pregunta sobre alguien que tiene, digamos, capacidades mentales especiales: “Sí, ¿pero quema el dinero?” Si no es así no es tan tonto, seguro. No hay motivo por que preocuparse. Por eso me parece genial la escena, quemar algo que para muchos es lo más importante, pero que sólo algunos sabios saben que en realidad no tiene valor, que es un símbolo de nada, una promesa vana a cambio de tu vida, que es lo que tiene auténtica valía. Como mucho el valor del papel, que en un momento determinado puede arder y calentarte cuando tienes mucho frio y no tienes otra cosa que te aporte calor. Recuerdo la escena del Chapo Guzmán cuando se calienta haciendo una hoguera con los fajos de billetes. Ese es el valor del dinero cuando de verdad hace frio y se ponen las cosas jodidas. Que quien quema el dinero efectivamente está loco, o es alguien al que puedes seguir al mismísimo infierno, porque no tiene podridos los valores como es lo habitual.

Y viniendo del pueblo donde el destino nos dotó con una mala leche legendaria (recuerden nuestra contribución a la gloriosa historia militar en la lucha contra los franceses), no me extraña el comportamiento de un paisano. Era este un santacruceño anciano que vivía solo, en una sucia cocina de campo. Parece ser que fruto de un trabajo como sólo se entiende en la mancha había ahorrado una suma importante de dinero, y tras morir su mujer los hijos lo habían abandonado, peleándose entre ellos por la herencia. Sólo se asomaban de cuando en cuando por la ventana, esperando pacientemente que el hombre enfermo los hiciera ricos al morir.

Pero como os digo, hay personas que saben lo que hay que hacer y lo hacen. Y siguiendo el curso de la vida el anciano murió; pero intentando, eso sí, alargar la espera lo máximo posible por joder a sus hijos. Cuando constataron que había muerto acurrucado sobre un poyo y arropado con una raída manta, fueron a buscar el dinero con el cuerpo todavía caliente y lo encontraron enseguida. En parte. Porque sólo encontraron los picos de los billetes que el paisano había quemado en la lumbre cuando le entraron las agonías de la muerte. No vi al finado, pero estoy seguro que ni el que maquilló al difunto para su última exposición pudo borrar de su cara una última sonrisa de satisfacción. Triunfal, con un par. Digno de haber sucedido en el mismísimo Innisfree, por haber estado apuntado en la famosa lista de los enemigos, la que se lleva a mano en el bolsillo. Para celebrar la jugada final de mi paisano en la taberna de Cohan brindando por su memoria y por la de Ford, ya de paso.