domingo, 18 de agosto

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Yo diría que soy un padre guay y 'cool', pero igual mis hijas dicen que doy pena

Santiago Segura, actor y director de cine

Barricada Cultural

 

El retrato ovalado

por P. L. Salvador

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A veces, mientras estoy hablando con alguien, imagino cómo quedaría su foto enmarcada en uno de esos pequeños portarretratos ovalados que se ponen en las lápidas sepulcrales. Y, a veces, después de unos días, me entero de que esa persona ha fallecido.

Siempre que esto ocurre, una oscura fuerza me arrastra hasta el cementerio, y me quedo contemplando el pequeño retrato oval, que es exacto al que imaginé.

Al principio no me preocupé demasiado. Como las personas que iban cayendo no eran muy allegadas… Pero hace tres meses, en el transcurso de una visita que le hice a mi hermana, vi su foto enmarcada en uno de esos odiosos portarretratos ovales.

Casi me vuelvo loco. No podía dormir. No podía trabajar. Mis pensamientos eran enfermizos Llegué a pensar que era yo quien provocaba —inconscientemente, por supuesto— la muerte de las personas que mi imaginación enmarcaba en el siniestro portarretratos ovalado.

Mi hermana falleció al quinto día. La atropelló un conductor borracho. Mientras esperaba al autobús. Y pensar que hubiera podido prevenirla... ¡Lo que lloré, lo que me torturé, pensando que podía haberla salvado! Pronto comprendería lo equivocado que había estado al pensar así.

Ocurrió hace un mes, la última vez que mi padre pasó conmigo un fin de semana. En cuanto visualicé su retrato ovalado, le pedí que se quedara unos días más. No sirvió de nada. Aunque no me separé de él ni un segundo, murió de un derrame cerebral al quinto día.

Me hubiera gustado contárselo. Me hubiera aliviado poder hablar con él de mis visiones, de mis premoniciones. Si no lo hice, fue por miedo. Por miedo a que no me creyese. Por miedo a decepcionarle.

Ahora estoy sentado sobre la hierba, en el parque que hay frente a mi casa, escribiendo estas líneas. Quien lea esta inconcebible historia, pensará sin duda que mis facultades mentales están perturbadas. No se lo reprocho. De estar en su lugar, llegaría a la misma conclusión.

Espero equivocarme, pero creo que ese escéptico lector pronto comprenderá por qué he narrado este singular caso. Pronto comprenderá que no tengo otra opción, que nada más me queda por hacer, que todo es ya inútil.

A estas alturas, seguro que quien esté leyendo estas desesperadas palabras ya habrá adivinado, ya sabrá, que esta mañana, al mirarme en el espejo, vi con absoluta claridad mi propio retrato oval.

 

                                                                                  Jaime Barroso Pascual

                                                                                            1963-1999