domingo, 8 de diciembre

Ciudad Real

Visita nuestra página en Facebook Síguenos en Twitter
Buscar
Logotipo de Ciudad Real Digital

La policía de Los Ángeles me pateó el culo tres veces y me lo merecía. Me alegro

James Ellroy, escritor

Barricada Cultural

 

Un compañero de autobús

por Ignacio Gracia

Imprimir noticia

El cubano se sopla las manos para hacerlas entrar en calor. “Carajo –piensa- a pesar de los guantes de lana gordos y de estar dentro del autobús esto parece el polo norte”. Este no es país para vivir. ¡Cómo extraña el malecón de la Habana! ¡Cómo extraña el caribe!.

Se fija en el compañero de al lado del autobús. Lo conoce desde hace dos semanas y pese a estar trabajando en el mismo tema y compartir despacho, no ha abierto la boca en las dos horas de trayecto. Son raros estos finlandeses. Tiene los ojos azules claros entornados, la mirada perdida hacia adentro. A saber en qué estará pensando el gigante en esta tierra del otro lado del mundo. Raro y seco de cojones.

De repente, el finlandés niega con la cabeza con gesto contrariado mientras contempla el panorama helado a través del cristal. Mira de soslayo a los otros pasajeros del autobús y a mi amigo cubano, lanzando un suspiro mientras consulta el reloj. ¿Qué se le habrá cruzado en la mente a este jodido vikingo? Sin mediar palabra, mira triste a mi amigo, señala al reloj de cuerda mientras tamborilea con las rodillas impacientemente, y dice: “Five minutes for chupinazo…”.

Cuba. Recuerdo mi estancia de trabajo allí y el descubrimiento de la Finca Vigía, que pertenece al centro de investigación con el que colaboro. Allí está la casa de Hemingway en la que vivó la última etapa de su vida. Intacta. Tal y como la dejó el escritor que mejor que nadie captó, retrató y vivió los sanfermines. Esa pasión tan difícil de entender. ¿Qué cosas conserva como recuerdos un genio que ha vivido y se lo ha bebido todo? La casa está llena de trofeos de caza traídos de África. En el centro de la sala de estar un gigantesco cartel de una corrida de sanfermines. Entre los nombres de los matadores el de Marcial Lalanda. Me impresiona la máquina de escribir Underwood colocada sobre un elevado soporte para poder trabajar de pie, debido a que por su herida de guerra no podía pasar mucho tiempo sentado. Parece que todavía resuena. Estoy a punto de tocarla, pero creo que no soy digno de acariciar esas teclas sagradas.

Una mezcla de ternura y sonrisa te asalta cuando descubres que el escritor padecía de estreñimiento, o que no paraba de leer en ningún sitio, a la vista de las baldas repletas de libros del cuarto de baño. Anotadas en la pared, de su puño y letra, las cifras de peso al lado de la báscula. Sientes vértigo cuando descubres que son cifras cada vez menores, y para cuando se convierten en garabatos te das cuenta que el cáncer con el que lidiaba casi le había ganado la batalla. Casi. Porque no se dejó coger vivo. Pregunto por el frasco que contiene una iguana en formol que adorna una estantería bien a la vista. ¿Qué le hizo conservar ese trofeo junto a todos los valiosos que adornan su casa? La respuesta es ese “casi” de antes, algo que se entiende como en ningún otro lugar en los sanfermines. La iguana fue descubierta en su patio y acorralada por sus perros de caza. Pese a la fatídica situación, la iguana se enfrentó a sus acosadores con inusitada valentía. Con una fiereza ilógica para su posición. Vendió cara su vida aunque cada perro la superaba cuarenta veces en peso. Por eso se merece estar entre las alacenas de sus recuerdos. En un lugar destacado.

Otro detalle de esa filosofía peculiar de la vida y de los valores que conlleva asumir el riesgo lo vivió en su pequeño barco “Pilar”, presente en la casa-museo. Al enterarse del avistamiento de un submarino alemán en la bahía de la Habana, posiblemente un U-boat, instaló una pieza de artillería ligera en la proa y sí, efectivamente. Salió a cazarlo. En un cascarón de unos doce metros. Pero es lo que tiene ser como se es. Previo aprovisionamiento –por supuesto- de comida para una semana y bebida para dos. Si no hubiese tenido que regresar debido un imprevisto -se acabó la bebida a los cinco días- quizás tendría otro gran recuerdo de caza en su finca. Un hombre valiente que valoraba el arrojo por encima de todo. La clase de amigos que están pendientes del momento exacto del chupinazo en cualquier recóndito confín del mundo.

 

Foto: cubatesoro.com