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Barricada Cultural

 

Veinte días y tantas horas (VIII y último)

por Teresa Pacheco Iniesta

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La vida es hermosa. Incluso cuando parece que lo mejor ya pasó y que solo quedan malos momentos. Incluso cuando parece llegado el fin, el amor puede elevarte por encima de todo Y no solamente por culpa de un atropello. ¡Besos!

                                                                           VEINTE DÍAS Y TANTAS HORAS

                                                                                                     VIII (Y último)

 

No podía ponerme en pie. Él me servía de muletas, proclamando todo contento que por fin sacaba utilidad al machaque de los domingos en el gimnasio.

No podía comer, masticar era un tormento, se me olvidaba lo que tenía que hacer entre bocado y bocado. Él troceaba la comida en partículas tan pequeñas, que no me enteraba que las comía. Todo el cuerpo me picaba y me escocía por el roce de las sábanas. Él me embadurnaba de crema antihistamínica que compraba de la mejor marca. A veces él me entretenía pintándome la cara como para una fiesta, cuando supo que yo, desde siempre, me prefería antes muerta que sencilla. Cada vez distinta, según el día: para una fiesta mora, para una china, para una bantú, de máscara veneciana…y siempre me decía: que guapa estás, que guapa…

¿Cuánto hubiera sido mi sufrimiento sin el calmante de sus cuidados y el bálsamo de sus palabras?

Llegó el alta hospitalaria después de casi tres meses. Me llevó a recuperarme a su casa y me llevaba cada día a rehabilitación. Yo sufría y a él se le caían las lágrimas. Era mi chofer de lujo, recorriendo cada día el mismo itinerario que la primera vez: Fuencarral, Santa Engracia, Bravo Murillo, Castellana y La Paz. Me habían rapado el pelo para la intervención y cuando terminó el proceso de recuperación, me llegaba de nuevo a los hombros. Fuimos mientras tanto, escribiendo un diario a cuatro manos, riendo a veces, a veces llorando, siempre con una emoción mágica.

Efectivamente, me quedé un poco boba, con reacciones lentas. Eso se parecía mucho a como era yo antes del atropello y si no, ¿por qué crucé en rojo el semáforo? Otra cosa era el olor. Yo que podía antes percibir nítidamente el perfume de mil arbustos y flores aunque estuvieran así de lejos y hasta de las cosas y personas de dentro de las películas, como si fuera la cosa más natural, desapareció y no volvería hasta mucho después. Al principio fue una tortura, pero luego le encontré algunas ventajas.

- ¿Nos casamos, mi Raquel hermosa? ¿No estamos bien así, mi Víctor encantador?

Hacía un año y siete meses que media calle de Fuencarral, en hora punta, me viera las bragas cuando volé entre sus brazos y la calidad de su alma. Ya está en el horno, palpitando de emoción y de vida, mi primera novela. No sé si llegaré a estar segura alguna vez, de si tengo algo de talento o es solo por enchufe. Es lo que tiene ser la mujer del editor.

 

Foto: Teresa Pacheco Iniesta