domingo, 25 de septiembre

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Barricada Cultural

 

Hubo un tiempo (II) En La Mancha

por Ignacio Gracia

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Hubo un tiempo aquí mismo en el que los hombres trabajan como animales pero sonreían felices porque preferían fuertes espaldas a cargas ligeras. Se levantaban de noche a la faena para afrontar la titánica tarea de construir nuestro presente a partir de una España en ruinas. Aquellos hombres literalmente regaron el suelo con su sudor y su sangre. Arañaban la seca tierra con azadones o rejos poco afilados y si hacía falta, con sus uñas negras o sus manos encallecidas. Segaban con enormes sombreros y camisas de manga larga pese al calor. No les gustaba el sol, pero tenían la piel morena y cuarteada.

Sufrían enormes heladas y soles abrasadores. Nunca se quejaban. Disfrutaban viendo llover, y les gustaba descubrirse bajo la lluvia, mojarse la cara y decir “¡Agua, Coño!” retando a Dios a ver si tenía arrestos a ahogarlos a todos, porque sabían que en su tierra nunca llovería lo bastante. Llevaban abarcas de tiras de cuero o de goma de neumático y morrales donde no faltaba un trozo de cecina rancia, un coscurro de pan y algo de estraperlo.

Fumaban cigarros de tabaco de picadura que tardaban un rato en liar y dejaban en el aire un denso humo azulado. Eran hombres de una sola palabra: cuando decían algo quedaba dicho para siempre, pesase a quien pesase e independientemente de a lo que comprometiera. Bebían vino apurando vasos enteros de un solo trago, y daban abrazos a los amigos con sonoras palmetadas en los costados que levantaban aroma a sudor y a cagarrutas de oveja. Por la noche fumaban con el cigarro escondido dentro de la palma de la mano para que no se viera en la oscuridad. Cazaban furtivos semidesnudos para que no les oliesen las piezas y mataban a los chivatos y a los cobardes.

Aquellos hombres bebían cervezas a temperatura ambiente y se sentaban en las cajas una vez vacías para celebrarlo. Otras veces se tenían que conformar con beber en el mismo charco en el que había bebido el lobo la noche anterior. Su agua fría estaba a la temperatura del pozo o del botijo. Almorzaban al estubo, al cobijo de una pared, un matojo o mucho más tarde a la rueda de un tractor, para no quedarse helado el sudor del trabajo y resfriarse. Hacían de vientre en el campo y se limpiaban con cantos lisos y si había suerte una pámpana. Cantaban coplas y fandangos que alegraban sus espíritus. Estaban acostumbrados a no entender las cosas de calidad, pero a pesar de su ignorancia sabían que algo era bueno si contaba lo que tenían en el corazón y dentro de las tripas. Eran puñeteramente libres, porque ellos mandaban en su miseria.

Respetaban y valoraban a los animales por su libertad y su inteligencia. Sabían que algunos eran más listos, y todos más nobles y mejores que las personas. Nunca decían que no cuando se les pedía algo, porque sabían que lo único que poseían era el orgullo de los pobres. Recelaban de los curas por ponerse al lado de los poderosos, pero los respetaban porque Jesús era hijo de un carpintero y sospechaban que él estaba de su parte. Partían el pan con la mano o con fieles navajas, que dibujaban pedazos en forma de oreja de mula. Cuando se enfadaban se enfadaban de verdad, y lanzaban juramentos y votos que hacían rasgarse el cielo. Enseñaban a sus hijos que todo hombre fuma, bebe vino y blasfema en Dios en su ocasión cabal, pero nunca, nunca en la Virgen María porque ella es mujer y madre.

Las mujeres no daban a luz niños, sino criaturas de una pieza, duras como el pedernal, secas y recias como la madre que los parió. Preparados para los que les esperaba. Estos pequeños ya estaban trabajando antes de mantenerse en pie. Las mujeres eran calladas y alegres pese a que trabajaban el doble que los hombres. Eran los pilares sobre los que descansaba el infinito cielo de la Mancha y siempre tenían razón.

Para ellos palabras como “linde” o “delito” tenían otro significado. Las lindes o fronteras eran obstáculos en el fluir natural de las cosas, en la carrera de las liebres, en el corto vuelo de las perdices. Entre las olivas de los secarrales y de las mejores tierras, que generalmente eran de los señoritos. Delito era no compartir un trago de anís o de mistela con un compañero. Delito era dejar la puerta de la cerca abierta y que las ovejas fueran pasto de los lobos. Delito era rebuscar en las viñas sin vendimiar cuando estas eran de los pobres, o no repartir la caza con otra gente que había tenido peor suerte que tú en la espera.

Para aquellos hombres recios el amor estaba asociado a rondas, a vuelos de visillos, a frías rejas y a capotes que protegían de las inclemencias del tiempo y de la impertinente luz de los faroles. Aquellos parapetos obraron a veces el milagro de la procreación a través incluso de las rejas. Eran hombres y mujeres y punto.

Aquel tiempo ya no existe. Tuve la suerte de vivir sus últimos momentos cuando era pequeño, en reductos aislados frente a la modernidad que nos invadía. Eran cortijos de pastores, pueblos aislados alejados de la capital. Y de aquellos tiempos conservo los mejores recuerdos, los mejores amigos y a las mejores personas que he conocido. Aquella generación construyó a partir de escombros un futuro de esperanza, lo que hoy conocemos, el progreso. Para que ahora lo despilfarremos a manos llenas sin valorar lo que cuesta cada migaja que nos legaron. Para que tiremos la comida. Para que les demos la espalda a nuestros abuelos porque no son capaces de comprender la mierda en la que hemos convertido su sueño. Mejor para ellos. Por eso escribo, fundamentalmente. Para que no olvidemos cada una de aquellas heroicidades. Porque cosas imposibles de creer hoy para los hoy niños y no tan niños sucedieron. Porque no puedo tener tanta imaginación. Porque la realidad supera –por mucho en la Mancha- a la ficción. Porque todas las cosas fantásticas que cuento de la época de nuestros abuelos son simplemente ciertas.

 

Foto: uam.es