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Barricada Cultural

 

Cosas que me molestan

por Ignacio Gracia

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Escribo esto dedicado a algunas personas en particular. Vosotros sabéis perfectamente quiénes son, pero muchos de ellos no. Nunca les he llamado la atención en su momento por educación y por no molestar. Juzgad si tengo razón o no. Repito, no generalizo ni critico al resto, a los que se sientan al lado y actúan de forma normal.

Básicamente me quejo de comportamientos en el cine –seguro que se le levantan las orejas a maese Vázquez, con la Iglesia del séptimo arte hemos topado- pero no puedo tolerar que una actividad cultural popular e injustamente cara, implique para algunos asumir los derechos propios de encontrarse en el salón de su casa. Igual soy un poco raro -o imbécil, vamos- pero para mí pagar por ir al cine una suma con la que pueden comer dos personas, (o más por desgracia) implica respeto por el evento. El mismo respeto que si fuese a la ópera, a una recepción del embajador con montoncitos de bombones dorados incluidos, o a la misa del funeral de las personas que os voy a comentar. La misma.

Me molesta que las personas lleguen tarde, y encima pegando voces y partiéndose de risa. Me molesta que durante la primera parte de una película sea imposible coger el hilo, porque la gente se dedica diseminar el picnic que traen y a dar buena cuenta de él con una euforia propia de primeros descubrimientos de regalos de reyes. La apertura de las latas suena como disparos, las jodidas bolsas de plástico parecen diseñadas por el protagonista de El Maquinista, un hombre que no podía dormir. Imaginen la mala leche acumulada en el invento. Pues funciona, funciona. Para fastidiar, digo. Luego las palomitas… Sí, sí la palomitas. El ruido de la gente comiendo palomitas con la boca abierta. La imagen y el sonido, como el cinemascope. Soy bien pensado por naturaleza y supongo que es gente que no puede respirar bien porque tiene la nariz taponada de comer guarrerías no sé dónde. O que son educados a su modo y muestran lo que comen, ufanos y felices. Pero vamos, está claro que sé lo que comes, no hace falta que me lo enseñes. Si miras discretamente para ver si se dan por aludidos sonríen y abren más la boca. Dejo el tema que me enveneno, pero solo planteo una pregunta, tal y como la haría mi abuela: ¿Tanta hambre traéis de casa? Posiblemente acabo de destapar un problema más profundo y me callo por respeto. Únicamente comentar un famoso libro de divulgación de un conocido, catedrático de medicina y nutricionista: El mono obeso. Explica nuestra evolución y lo que estamos preparaos para comer. Pues eso.

Luego –prosigo- están los charlatanes, los que van a ligar dándoselas de culto o explicando al resto de tontos lo que pasa en la película. Digo al resto porque se oye perfectamente en toda la sala. Y cuando diez o doce personas chistan supongo que pensarán que hay espectadores que están abriendo latas con mucha cautela, claro. Al final la culpa es del monstruo. Los que roncan, al contrario, no me molestan. Es el ruido reprobatorio más beneficioso para la salud. Las manadas de chicos que intentan reafirmar su personalidad insegura dando voces también tienen lo suyo. Para su mundo virtual cotidiano tiene que ser la repera liberar tensiones hablando físicamente; piensen que lo máximo que suelen hacen para aseverar una afirmación es escribir con mayúsculas, o misteriosos acrónimos en un raro metalenguaje: LOMG!! A ver si cambiamos ya el alfabeto obsoleto por los emoticonos y simplificamos esto de una vez. De todas formas estos chicos se lo merecen, seguro de después de matar un rebaño de orcos tienen derecho a ser malotes y reírse un poquito en el cine. Saltamos a Matrix, es decir, a la vida real, y desfogamos un poco. Perdonado. Un respeto, que nos tienen que pagar las pensiones. Eso da más miedo que los orcos, ¿verdad?

Así que para resolver el problema quizás convenga aumentar media hora el tiempo de anuncios, no sé. A este paso vamos a llegar a la extraña situación de recordar la frase: “Luke, yo soy tu padre” entre la bruma sonora del salivoso mastique de palomitas con la boca abierta. De hecho no recuerdo si a continuación el “Ya lo sabía” que asocio a esas palabras aparece en la película o lo dijo la señora de la fila de enfrente. Tampoco recuerdo el zumbido cortando el aire de una espada láser, lo tengo ocupado, como tantos otros, por el de espachurrar una bolsa de triskis. Triste evocación.

Me pregunto qué ocurriría si hago yo lo mismo, si me tomo la revancha con las mismas armas. Envido. Imagina que con la reciente intolerancia a la lactosa, combinada con un fuerte suelo pélvico por los hipopresivos, digamos que hago comentarios de la peli modulando sonoramente las ventosidades. Limitadas claro, sólo llego en el alfabeto hasta la eñe. Aparte de la curiosidad científica igual os molesta, ¿no? Pues lo dicho. Un poco de formas, que son importantes.

Repito, no me quejo de la gente que come palomitas o que comenta algo con normalidad. Hablo de los otros, que cada vez son más numerosos. Y en cualquier caso, para ser coherente con lo que reclamo y con mi condición de científico he de pedir disculpas por si alguna de las personas, los casos analizados o sus situaciones tienen una justificación que se me ha escapado. Una posible que analizo perplejo es que de entre toda la fauna que describo dentro de la sala oscura, pertenezca a una de las dos que echo en falta. Y el hecho es que preferiría tristemente ser la primera, viejo cascarrabias, porque la última es la de gilipollas, y en ese caso tendría muchas posibilidades de pertenecer a las dos categorías a la vez. Vosotros juzgáis.

 

Foto: cinescopia.com