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Estoy muy ilusionado por darle una vuelta de tuerca a la selección

Luis Enrique, entrenador de la selección española de fútbol

Barricada Cultural

 

El patio de vecinos

por Ignacio Gracia

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Los patios de vecinos han sido las antiguas autopistas de la información que nos han permitido llegar a la era digital. Su contribución a la difusión de noticias y a la cultura ha sido superior incluso a la de los bares, puesto que hace no mucho las mujeres no eran bien consideradas en estos locales. Y decir esto es mucho, vamos, es decirlo todo. Somos un país donde el microcosmos que mide perfectamente el pulso de la sociedad y sus avances no se encontraba precisamente en un laboratorio, sino en las corralas o en sus sustitutos: los rellanos de los pisos o el hueco de las escaleras, que también dieron mucho juego como versión beta de la gran red actual.

Paso de largo de la literaria –y profesional- costumbre del cotilleo, que tan tristemente ha degenerado hasta nuestros días. Las versiones actuales que vemos en la tele son chabacanos remakes protagonizados por bordelines de gestas que ya protagonizaban los dioses en la mitología griega y romana. Aquellos sí eran pasiones y cuernos, nunca mejor dicho. Comparen y lloren, pero bueno. Lo que quiero resaltar hoy es una anécdota que refleja nuestra historia, dura y tierna a la vez, como una disputa cualquiera en un patio de vecinos que conoció un colaborador científico, histólogo del Hospital Ramón y Cajal, cuando todavía era estudiante. Estaba en la zona de la Vaguada, en Madrid. El bloque de pisos tenía cierta calidad. Allí fue testigo de las famosas riñas de dos vecinos ancianos, que vivían una puerta enfrente de la otra, a cada lado del rellano. Sus voces resonaban por todas las escaleras. Cuando se han cumplido muchos años tienes el privilegio de decir lo que piensas en realidad, y si encima ambos empezaban ya a chochear el carácter de los insultos que se cruzaban, sin filtro, fue legendario. Cualquier otra pareja de ancianos insultándose a través de la puerta hubiera suscitado como mucho simpatía, pero esta era un poco especial.

El caso es que no eran dos ancianos cualesquiera, no. Uno de ellos había sido militar de alto rango, miembro del consejo de estado y gobernador militar con Franco. La inquilina del piso de enfrente ocupó un apartamento que durante muchos años mi colaborador suponía que era un piso franco de militantes del partido comunista. Después pudo confirmarlo, porque desde 1977 alojó a una exiliada que regresó a España con 82 años para ser Diputada de las Cortes Constituyentes. Su nombre era Dolores Ibárrurri. Imagínenselos a los dos voceando en la puerta años más tarde: “-Hijos de putaaaaaa” “-Os teníamos que haber matado a todos”. -“Cabrones, si lo llego a saber te pego un tiro yo mismo…” Este era el tono de la amigable conversación diaria que tenían los ancianos, la que resonaba por todo el edificio. Parte de la historia de España. Por un lado asustaba, pero por otra resultaba hasta entrañable, cuando se hacía un armisticio porque se recogían los ancianos a tomar la medicación o a merendar sus tortas con chocolate. Y mañana será otro día. Una metáfora perfecta de lo que es la vida y un ejemplo vital de lo que debería ser la política y el sentido práctico de un país. Ponerse a parir, pero recogerse a la hora de merendar, que lo primero es lo primero. Aprendamos de esta corrala y de sus protagonistas, que mejor ejemplo seguro que no vamos a encontrar. Hay que vocear más, airear cuestiones inguinales y fantasmas del pasado, y tomar más tortas con chocolate, que es lo importante. Que no sé qué es lo que estamos haciendo últimamente.

 

Foto: historia-urbana-madrid.blogspot.com