jueves, 23 de noviembre

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Culpar a la víctima de violación es una constante en todo el mundo

Leslee Udwin, cineasta y educadora

Estreno en Royal City

Verano 1993 ()

Director: Carla Simón

Intérpretes: David Verdaguer, Bruna Cusí, Laia Artigas, Paula Robles, Paula Blanco, Etna Campillo, Jordi Figueras, Dolores Fortis, Titón Frauca, Cristina Matas, Berta Pipó, Quimet Pla, Fermí Reixach, Isabel Rocatti, Montse Sanz, Tere Solà, Josep Torrent

Sinopsis: Frida (Laia Artigas), una niña de seis años, afronta el primer verano de su vida con su nueva familia adoptiva tras la muerte de su madre. Lejos de su entorno cercano, en pleno campo, la niña deberá adaptarse a su nueva vida. (FILMAFFINITY)

Crítica de José Luis Vázquez

Valoración: 5 estrellas

Es de las que conviene reposar e ir asimilando tiempo después, pues contiene en su forraje y en su ingesta muchas y muy buenas cualidades, algunas casi invisibles apenas en un primer vistazo.

Finaliza y las sensaciones que me embargan son de lo más gratificantes, pero pasan unas horas desde su contemplación y las mismas se agrandan aún más en el recuerdo. Es rasgo inequívoco, virtud, alquimia de las grandes obras.

Y los alambiques aquí utilizados no necesitan ser impregnados de artificiosidad ni de exhibicionismo dramático, sino más bien de todo lo contrario, de un naturalismo, de un neorrealismo actualizado y soleado, de una espontaneidad currada que me acaban envolviendo casi sin que me haya dado cuenta. Lo cual no quiere  decir que no esté compuesta la pócima por rigor profesional y mucha elaboración.

Sorprende que estas valiosas características vengan determinadas por una debutante, Carla Simón, que no ha hecho sino trasladar a la gran pantalla su propia autobiografía, más bien un momento clave de su vida, un estío fundamental de su pese a todo plácida existencia en una casa rural, cuando tenía 6 años. Pero no constituye un ejercicio de memoria al uso, pues lo que le interesa no es tanto ese concreto y personal recuerdo, como tratar de reflejar los temores de la infancia cuando la muerte ha abrazado su entorno más directo, el de la pérdida de unos padres por ejemplo. En este caso por una enfermedad carente en ese momento hasta de nombre… el SIDA.

Adoptar el punto de vista infantil no era nada fácil pero Simón lo consigue tirando de un trabajo verdaderamente admirable con las dos crías protagonistas, sobre todo con una Laia Artigas que es digna sucesora en el tiempo de Ana Torrent. De hecho, los paralelismos con dos de los trabajos más memorables de niñez de aquélla, EL ESPÍRITU DE LA COLMENA y CRÍA CUERVOS,  resultan de lo más evidentes sin tener por ello que tirar de mimetización. Sí, es verdad, hay una secuencia, la de las crías pintarrajeándose que remiten directamente a la segunda. Por cierto, una secuencia muy sutil que pone al descubierto la relación que han podían haber mantenido la desaparecida madre de y la abuela.

También la admirable PONETTE de Jacques Doillon, ha sido reconocida por su responsable como una feliz influencia, patente principalmente a la hora de optar por un cierto registro documental, aquí algo menos cartesiano, más tembloroso aún que en aquella, o similar, ello debido a una cámara adosada por momentos a sus intérpretes, lo que pudiera crear a muchos un efecto molesto y atosigador. Es este un recurso del cine de los últimos tiempos que a veces causa una entendible fatiga.

Éste y otros muchos momentos denotan el sentido, la capacidad de observación de su directora, que no tiene que elevar la voz, la temperatura dramática o trágica para mostrarse de lo más expresiva e indagadora en las sensaciones de los más pequeños, pequeñas en este caso.

También los actores adultos, Bruna Cusí y David Verdaguer, en roles nada fáciles como esos padres adoptivos resultan elocuentes. Difuminados aún en la definitiva percepción que de ellos tiene Frida, al no encontrar esta aún su ubicación, al no acabar todavía de encajar el inevitable e inexplicable dolor y verse invadida por diferentes estados anímicos, desde la rebeldía hasta la soledad. Es por ello que cobra aún más relevancia el trabajo llevado a cabo por quienes han puesto en pie este andamiaje emotivo que evita los efectismos melodramáticos. Todo un mérito.

En resumidas cuentas, VERANO 1993 trata sobre la aceptación del dolor, de cómo se le explica a un crío la aparición de la señora o el señor de la guadaña, de los inmediatos silencios, gestos, confusiones, desconciertos que invaden al ser menudo que tiene que pechar una situación tan inesperada como desconcertante. Y se hace desde la elegancia, el pudor, una honestidad reconfortante, incluso desde la luminosidad propia de esa edad con la que se encaran los mayores cataclismos físicos y vitales.

No es narrativa en el sentido más estricto del término, aunque su conclusión bien pudiera suponer la estación final de una etapa emocional, no tanto contemplada como un final sino como un principio. Es más bien descriptiva de algo sumamente difícil de explicar.

Excelente… pero me temo que no apta para grandes masas de públicos, seguramente les parecerá a bastantes eso que denominan lenta (de algún momento reiterativo puede que peque ligerísima, casi imperceptiblemente). Y no lean en esto una actitud elitista por mi parte sino una impresión nada plausible de vaticinar.

Su final es estupendo, sosegadamente liberador.

 

 

José Luis Vázquez

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