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En el amor no hay nada que sea ligero

Claire Denis, directora de cine

Diario de un Cinéfilo Compulsivo

 

Jueves, 11 de enero

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Foto: Irma P. Hall y Tom Hanks en Ladykillers (The lady killers)

-Una buena comedia eso es lo que necesito la madrugada de este jueves para rematar bien el día. Decido volver a revisar LADYKILLERS (THE LADYKILLERS) de los hermanos Coen. Una buena opción siempre, aunque en este caso entraran a saco, convenientemente remozado, en un clásico de la comedia británica:

Los geniales hermanos Coen revisitaron una obra maestra de la comedia británica, (EL QUINTETO DE LA MUERTE de Alexander Mackendrick, 1955), para ofrecer una personal, actualizada y brillante reinterpretación a ritmo góspel del asunto.  Aquí el robo tiene lugar en un casino flotante por parte de una peculiar y variopinta banda, en el profundo y parsimonioso sur de los Estados Unidos, con el Mississippi como implacable testigo de los jacarandosamente sangrientos acontecimientos narrados.  

De nuevo Joel y Ethan apelaron al humor negro, una constante en su cine, para contar una historia de lo más refrescante, pero de extrema violencia, atenuada por ese tratamiento un tanto bufo que aplican. Los gags, al igual que en su antecesora, volvieron a estar elaborados y a resultar saludablemente irreverentes y muy efectivos: ese gato, esas conversaciones entre la señora Munson y el profesor…

Parte de un inteligente guión, cuenta con vistosas imágenes (impecable fotografía de Roger Deakins) y exhibe un muy buen sonido. Está muy cuidada tanto en su aspecto formal como en el ambiental.  

La banda sonora es del compositor de todas las películas de los Coen, el neoyorquino Carter Burwell, aunque de la música negra tradicional se haría cargo T-Bone Burnett.  

Tom Hanks está verdaderamente espléndido como el verborreico jefe de los delincuentes, aunque sería fundamental que pudieran escucharlo con su voz original. Y no está nada mal la panda que le secunda: el histriónico, pero aquí un poco más contenido Marlon Wayans, el simpáticamente hierático Tzi Ma y Ryan Hurst.  

La risueña y rotunda Irma P. Hall es una dignísima sucesora de la menuda y apacible Katie Johnson en el determinante rol de la casera anciana.  

¿Es la mejor película de los admirables y renovadores Brothers? No, pero es francamente divertida, y no sólo en su sentido puramente “carcajeante” sino en el de mera recreación de un ambiente y unos personajes singulares. Está tan sólo un punto –sobra algún trazo grueso- por debajo de otros trabajos magistrales suyos (FARGO, EL GRAN LEBOWSKI, VALOR DE LEY o MUERTE ENTRE LAS FLORES), pero me parece de lo más elogiable y valorable.

-Qué ganas tenía de ofrecer al público ciudadrealeño, dentro de Los Jueves al Cine, una de las propuestas más insólitas y delirantes vistas en 2017, ya cuando el año se extinguía. Se trata de MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO (MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO). La respuesta no puede ser más multitudinaria. Estas sesiones parecen no agotarse jamás en cuanto a receptividad. Supongo que algún día invadirá el cansancio y agotamiento al personal, pero mientras hay que disfrutar con los logros dilatados en el tiempo:

El descacharre vuelve a producirse por mi parte con este segundo visionado. Definitivamente, ha nacido una estrella… Julita Salmerón. Por cierto, les remito a un magnífico artículo de Elvira Lindo titulado LO QUE JULITA NOS ENSEÑA, publicado en El País, que ilustra, pone acento y profundiza en esta divertidísima señora y en lo que vemos en pantalla. Les adjunto la referencia: https://elpais.com/cultura/2018/01/06/actualidad/1515253326_408406.html

Para este proyecto, este heteredoxo, atípico e hilarante retrato de su hijo, el actor y desde hace un tiempo director de cortometrajes y ahora estrenado en el largo Gustavo Salmerón, se han necesitado catorce años. El resultado bien ha merecido la pena.

Ha manejado más de 400 horas de filmación recortadas por un montaje brillante y de lo más dinámico. Y tras las humoradas que nos muestra de ese desborde de vitalidad que es Julita, se encuentra la foto finish de toda una generación, de esas “víctimas sin voz” a las que se refiere Lindo, esas supervivientes a derechas e izquierdas de una España marcada por una terrible Guerra Civil y por la más inmediata supervivencia, y ya no me refiero solo a la física. Supone todo un homenaje, no sé si buscado de manera tan clara por su autor, de tantas madres de un par o tres de generaciones por lo menos.

Y me parece perfecta una de las definiciones que hace la escritora gaditana de ella, “Demuestra que se puede ser madre y estar un poco loca, se puede ser imperfecta y ser amada”. El resumen sería… una mujer auténtica, verdadera, con la que es fácil empatizar pese a su excentricidad congénita.

Pero esta mujer rompe todos los esquemas y resulta un torrente continúo de ocurrencias y anecdotario. Lo de esa muela confundida con sacarina, ese sueño acerca de José Antonio Primo de Rivera, ese tenedor convertido en afable artilugio nocturno o la búsqueda permanente de la vértebra de su abuela, no solo no tienen desperdicio sino que provocan el alborozo generalizado, ya no solo mío, sino de la sala entera. Como algún colega ha apuntado, bien también se podría haber titulado esto EN BUSCA DE LA VÉRTEBRA PERDIDA. Por cierto, la bisabuela algo se debió remover en su tumba porque el propio Gustavo ha contado que el hueso en cuestión acabó apareciendo a las 12 de la noche de Todos los Santos.

El caos más contagioso es introducido en una reflexión sobre el pasado personal y colectivo.

Creo además que contribuye mucho a mirar al pasado sin rencor, sin acritud, sin reproches. Al final, a un lado o a otro, a rojos o azules, lo que queda claro es que gente buena o mala se puede encontrar en cualquier lado. Claro que con Julita nunca queda claro en qué lugar está posicionada. Lo ha sido todo ante la infinita paciencia de su cónyuge, desde falangista a republicana, masona, creyente y no creyente; eso sí, de lo que no se baja del burro en ningún momento es de su insistente deseo en ser enterrada vestida de monja. Esto da igualmente pie a unas cuantas escenas de lo más graciosas.

De fondo, la vejez y la muerte están muy presentes. Es como si también este proyecto supusiera una preparación para ambos por parte de la susodicha. El final vuelve a ser contundente, una sola palabra final cuando se puede pensar que va a soltar toda una proclama dramática, anima a contemplar ante todo la vida con alegría, con diversión, con buen rollito.

Gracias Gustavo, gracias Julita, gracias resto de familia, sobre todo ese santo varón sordo llamado Antonio. Gracias por vuestro mensaje de tolerancia, afabilidad y sentido del humor. “Saber convivir sin herirse”.

Vuelve a suponer todo un regalazo que nos retrotrae a muchos de manera lúdica y festiva a tiempos no tan remotos con una permanente sonrisa y una mirada enroscada en lo mejor de la vida.

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