domingo, 18 de febrero

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Dentro de 3.000 años España no existirá. Cataluña tampoco

José Álvarez Junco, historiador

Barricada Cultural

 

Feliz no San Valentín

por Ignacio Gracia

Perdonadme, pero me resisto. Os recuerdo que esto es una barricada. Permitirme que al menos me aferre a un par de gestos simbólicos frente a la máquina de consumir que nos aplasta. No paso por que manden en mi miseria. En que me digan cuándo y cómo tengo que felicitar a las personas que quiero. Todo ordenadito, como borregos amaestrados. Beeeeeeee. BEEEEEEE.

No me da la gana seguir la corriente el día de San Valentín porque a unos grandes almacenes de nombre hereje se le ocurrió la feliz idea de importar una tradición más hereje todavía para ganar más dinero. Sí, dinero. No amor, de eso estamos hablando.

Me resisto a tragarme 12 uvas como un pavo una detrás de otra porque una navidad donde había excedentes de uvas, unos avispados comerciantes catalanes tuvieron la idea de despedir el año a uva por campanada. Puestos a hablar de fin de año, me fastidia tener que ponerme guapo esa noche y saludar y felicitar a personas que al día siguiente no voy ni a mirar al cruzarme por la calle. Puestos a hablar de Navidad, ¿no os resulta raro que esté colocada encima de otra festividad hereje que conmemoraba el solsticio de invierno? Retornando al poderoso caballero, me resulta vomitivo que una gran casa comercial coja a un pobre viejo gordo vestido de verde que resulta que es santo (San Nicolás), y lo disfrace de su color rojo corporativo para hacerle publicidad del refresco. Y cómo cuajó la cosa, oiga. Al final los niños prefieren los regalos del repartidor de refrescos de una multinacional que viene en trineo, porque llegan antes que los de los pobres reyes que vienen del otro lado del mundo, siguiendo una estrella para adorar al hijo de un carpintero. No es un buen nicho de mercado, no. Pues agarraros que Rudolf, el Reno heterosexual de la nariz roja se está sacando el carné de piloto de dron. Vais a flipar las próximas navidades.

Pues eso, que paso de costumbres importadas como Halloween que viene envuelta en papel de hamburguesas y demás merchandising. Otro negocio. Prefiero nuestra fiesta de difuntos, seca. O la colorida que tienen en México y se retrata de forma genial en la película Coco. Siempre he pensado que un regalo es un guiño entre dos personas. Que cuando ves algo que te recuerda a alguien pasas y se lo compras si puedes porque estabas pensando en él o ella en ese momento. Y ese regalo es algo relacionado con tu historia de amistad o amor. Algo sobre lo que has discutido, un símbolo, un detalle quizás estúpido. No importa si es un diamante, un libro –diamante en bruto- o una hoja seca. Los sentimientos sobre las personas y las imágenes que nos las recuerdan no se valoran en dinero. Son. Por eso no se puede organizar el universo para que haya una conjunción cósmica de circunstancias para repetir esa magia de evocaciones justo el día antes de tu cumpleaños. O el día de tu aniversario. O el de San Valentín, aunque suban los precios, joder qué mala suerte. Siempre suben los precios para las fechas en las que debo regalar. Siempre digo que si me hacen un regalo y no me gusta es una ofensa, porque no te has molestado en interesarte sobre mí, sobre lo que me gusta. ¿Para qué me regalas entonces? No uses dinero. Regálame lo que yo regalo, lo que más valoro por encima de todo. Mi tiempo. Eso no tiene valor porque es irremplazable.

Pues me gusta improvisar. Arriesgarme, equivocarme o quizás no, regalando cuando no toca y rebelándome contra la maquinaria industrial. Es superior a mis fuerzas. Hasta en el plano religioso me obligan a rezar a Dios en un sitio concreto. Delante de un sagrario de oro donde se supone que lo encierran para evitar no sé qué cosa. Al que nació en un pesebre y que se juntaba con mujeres y con gentuza. El de los pelos largos que echaba a latigazos a los mercaderes del templo. No, no; tampoco es un nicho de mercado interesante. Cambiamos un poco las cosas y le damos exclusividad, que es más rentable. Pues os digo una cosa, ese hombre o su mensaje deben estar en todas partes, y no me gusta que me digan dónde. Y os hago una confesión: a veces blasfemando cuando la vida te da un serio revés, me doy cuenta de que tengo a Dios presente. Y de una extraña manera, -los caminos del señor son inescrutables- me doy cuenta de que así estoy rezando y de que tengo a Dios conmigo.

De forma que, retornando a la efeméride de los grandes almacenes, dejadme felicitar en 14 de febrero a sus accionistas, nada más. Permitidme, por el contrario, felicitaros por el amor, por los cumpleaños, por la amistad, todos y cada uno de los restantes días del almanaque, porque en todos ellos estáis en mi pensamiento. Recibe una cordial felicitación por el NO día de San Valentín.

 

Foto: frasesmania.com

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