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Barricada Cultural

 

El viejo que miraba por la ventana

por Ignacio Gracia

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Creo que se llamaba Antonio, así que lo llamaremos Ramón. Su historia es terrible, o quizás no, tendréis que decidir al final de este relato. Lo conocí postrado en una cama, era un hombre viejo, pero todavía no un viejo a secas. Tenía la piel que mostraba a través la bata del hospital llena de escaras. No se quejaba, no hablaba. Lo habían rescatado los bomberos de su casa en un estado prácticamente de inanición, rodeado de porquería y cachivaches. No llegué a enterarme si este estado de abandono era por pobreza, soledad o hastío de la vida, como más tarde sospeché. Habían sacado casi un remolque de basura para acceder al matrimonio desde la puerta. Vivía con su mujer, pero ella no logró recuperarse en el hospital y falleció poco después del ingreso. Ramón estaba en otra habitación, no se lo habían dicho pero creo que lo sospechaba. Parecía una persona en ruinas, un perdedor, pero algo en su actitud o en su mirada no encajaba en ese perfil. A lo largo de los días que conviví con él fui haciéndome más y más preguntas sobre su persona. De alguna forma me aceptó como acompañante de su compañero de habitación. El primer día me pidió sin mirarme, con una voz seca y desagradable que le ayudara a incorporarse, aunque las enfermeras lo devolvieron enseguida a los corrales metálicos de su cama porque lo tenía prohibido.

No quería comer. Solo miraba por la ventana. Nadie vino a verlo ni lo acompañaba. La enfermera apenas conseguía a regañadientes darle a cucharadas medio yogurt. Les decía con tono grave y cortante que no quería, que lo dejaran en paz, que se fueran a tomar por saco. Que no comía porque no le daba la gana. Daba un poco de miedo. Seguía sin hablar. A partir del segundo día cuando levantaba la mirada de mi revista de bicicletas notaba que alguna vez apartaba la vista de la ventana y me miraba fijamente.

El tercer día se quejaba algo, y decía que todos eran unos hijos de puta. Sobre todo a voces en sueños. Prácticamente no hablaba otra cosa, salvo ocasionalmente para exigir que llamara a las enfermeras. Quizás nos miraba más a menudo. Le dejaban yogures para que comiera. No los tocaba, pero no quería se los llevaran. -Son unos cabrones, se los llevan para su casa -afirmaba serio-. Hay que tener mucho cuidado.

A lo largo del poco tiempo que conviví con Ramón oí bastantes rumores sobre el misterioso personaje. De todo tipo. Decían que su mujer era una bruja, que vivían escondidos haciendo extraños rituales. Que tenía un hermano con el que no se hablaba desde que se casó con aquella mujer. Me enteré que el familiar se había preocupado por cómo estaba, pero no lo había visto visitarlo. También le habían informado de la muerte de su mujer, pero no pareció afectarse. Seguía con la mirada perdida.

No paraba de acumular yogures intactos y nos decía que nos los comiésemos, que era una pena que ellos se los llevaran. Un día lo visitó la psicóloga. Lo intentó animar, le hizo palmas. Le pidió que le cantara. Empezó la terapeuta a entonar una canción, una copla. Y como por simple inercia, Ramón empezó a cantar.

En ese momento se dejó de oír la voz de la psicóloga porque un torrente de voz que salía de la garganta de Ramón literalmente lo inundó todo. Una voz recia, con temple, educada para dar matices sonoros, para respetar tiempos y armonías. Una voz de hombre hecha para brillar. Aquella no era la voz de un perdedor, de un viejo. Era arte en estado puro, ofensivo para los mediocres.

De lo que pudimos deducir de la información de la psicóloga Ramón había sido el cantante de una famosa orquesta cuyo nombre sí recuerdo pero me tenéis que perdonar que no cite. Que había hecho fortuna, que había sido famoso y viajado mucho. Que se había enamorado de una mujer peligrosa. Y nada más. Lo que tenía delante era la ceniza de aquellos días, lo que quedaba de Ramón era una sombra. Pero todavía conservaba algo en esa mirada perdida. El abismo entre los dos Ramones era algo imposible de rellenar siquiera con la imaginación de un escritor. Me preguntaba qué habrían visto aquellos ojos y qué suerte de pasiones, decepciones y declive habría vivido aquel hombre de mirada de soldado viejo. Aquel que me decía que tuviera cuidado, que eran todos unos cabrones.

Un día que yo no estaba le dijo a mi madre que yo era una buena persona y que tenía envidia de una familia como la nuestra. Al día siguiente le metieron sus harapos en una gran bolsa blanca y se lo llevaron en una silla de ruedas a una residencia. Parece ser que su hermano se había encargado de todos los papeleos. Durante los preparativos parecía irradiar un atisbo de alegría, pero seguía con la mirada perdida y sin hablar una palabra.

Al sacarlo de la habitación mantenía la misma mirada inmutable, como se hubieran acoplado la ventana frente a la silla de ruedas. No se despidió. Pero cuando pasó a mi lado giró la cabeza y me regaló una sonrisa que iluminó la habitación. Posiblemente la única sonrisa que había esbozado en años. Una sonrisa que atesoro entre mis mejores recuerdos.

Nada más, no lo he vuelto a ver. Posiblemente haya fallecido. Pero quiero que sepáis que me ganó desde el primer día, que respeto la mirada de aquel hombre y sus silencios después de lo que tuvo que pasar. Que un hombre normal hubiera necesitado mil vidas para vivir la de Ramón sin volverse loco. Y quizás, quizás por eso intuyo que puede ser uno de los hombres más lúcidos que he conocido en mi vida.

 

Foto: friki.net

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