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Barricada Cultural

 

Cuatro películas... ¡Nos vamos de vacaciones! (IV)

por Alicia Noci Pérez

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Terminamos esta serie con una película que no transcurre en su totalidad en un periodo vacacional, pero en la que un viaje turístico tiene una enorme trascendencia en la vida de sus personajes.

Por cierto, no me lo propuse en absoluto cuando hice la selección, pero me ha salido un recorrido por Italia similar al que llevé a cabo la primera vez que visité ese país. Supongo que ha sido cosa de mi subconsciente y de mi gotilla de sangre italiana, que hace que me encante y, de alguna forma, vuelva los ojos hacia allí.

Pero no les he dicho aún el título, aunque imagino que la fotografía ya les habrá dado alguna pista. Se trata del film que James Ivory dirigiera en 1985 y protagonizaran Helena Bonham-Carter y Julian Sands, acompañados de otros grandes actores como Maggie Smith, Denholm Elliot, Daniel Day Lewis, Judi Dench o Simon Callow.

Es, por supuesto, “Una habitación con vistas”, la visita a una Florencia de principios del siglo XX a ritmo de la maravillosa aria “O mio babbino caro!”. Para todos aquellos que, como yo, la primera vez que la escucharon, creyeron entender “bambino”, pues no, es una forma cariñosa para decir papá, papaíto o papi. “Babbo” se utiliza como sinónimo de “papá” en la zona de la Toscana. Y es que todo tiene su sentido: pertenece a la ópera “Gianni Schicchi” de Puccini que, casualmente, transcurre en Florencia.

El guión está basado en la novela del mismo título que escribiera en 1908 el autor inglés E. M. Forster, del que se han llevado otras obras al cine como “Pasaje a la India” o “Regreso a Howards End”. Por eso, es una historia contemporánea, un retrato de la época que nos permite hacernos una idea del origen de nuestros actuales viajes turísticos a otros países.

La primera parte de la película, dejando a un lado la historia personal de cada uno de los huéspedes de la pensión Bertolini, sus relaciones y la trascendencia que éstas tendrán, sobre todo la de Lucy Honeychurch y George Emerson, es una visita en toda regla por algunos de los sitios más significativos de la bella Firenze.

O bien acompañando a Lucy, o bien a la prima Charlotte y a la señorita Lavish, la escritora de novela romántica, podemos pasear por la plaza de la Santissima Annunziata, donde se encuentra la estatua ecuestre de Fernando I de Médici y la basílica que le da nombre.

La iglesia de la Santa Croce, una joya del Renacimiento, con magníficos frescos en su interior, en especial de Giotto, y que alberga los restos de Galileo, Maquiavelo, Dante o Miguel Ángel. Lucy se encuentra allí con los Emerson y eso hace que la visita sea más rápida, así que se dirige a la plaza della Signoria (mezclo español e italiano sin mucho criterio, ya lo sé), y mientras se aleja la cámara, vamos teniendo una visión cada vez más amplia de este espacio abierto, donde descubrimos el “David” de Miguel Ángel (bueno, su copia; nuestra protagonista no pudo ya ver el original al aire libre).

Allí, la cámara va repasando, con primeros planos, las diferentes esculturas de la Loggia dei Lanzi, de entre las que yo creo que destaca el “Perseo” de Benvenuto Cellini sosteniendo la cabeza de Medusa. Cuando después se encuentra con George, tras el incidente de los dos italianos que se pelean, puede verse al fondo la torre del Palacio Vecchio.

Pero quizás lo mejor sean, precisamente, las vistas de la habitación que Charlotte y Lucy intercambian con el señor Emerson y su hijo. Tienen la suerte, y nosotros con ellas, de asomarse al Arno, sobre el que descansa el Ponte Vecchio, y, por supuesto, la impresionante catedral, Santa Maria del Fiore, con la característica cúpula de Brunelleschi.

Y, claro, tampoco podía faltar una visita campestre para contemplar el siempre admirado paisaje de la Toscana.

Ya ven que tampoco se alejan tanto de hoy en día. No llevaban cámara, pero ya se vendían fotografías. Tenían guías de viaje o, si no, podían encontrar visitas guiadas sobre la marcha. Ya utilizaban inventos para facilitar el trayecto, como el jabón de papel, unas láminas muy finas de jabón, lógicamente, que, al contacto con el agua, se convertían en una espuma jabonosa. Hasta comenzaba a existir esa dualidad eterna entre el turista superficial ávido de conocer monumentos y el que viaja dispuesto a conocer la verdad de cada país. Pero... ¿cómo surgió esto?

El turista, que viaja por curiosidad y ociosidad, tiene su origen más antiguo en el “Tour”. No, no en el de Francia. Realmente, comenzó en Inglaterra en el siglo XVIII. Los jóvenes aristócratas, como parte de su preparación, realizaban un viaje por Europa occidental con destino final en Roma. En el siglo XIX esta costumbre se había filtrado en el grupo social de los rentistas (o sea, personas con dinero y con cultura, pero sin una profesión conocida). Y también será en esta época cuando surja el concepto “turista”, que entonces definía “al viajero inglés rico y curioso que con su guía visita lo que debe ser visto («videnda» o «sight-seeing»). No se trata de descubrir, sino

de reconocer los lugares señalados. La presencia en las estaciones calificadas «chic» (palabra que ya es utilizada desde el siglo XIX) confiere un estatus superior. Sus desplazamientos son menos una búsqueda del otro y más una huída de sí mismo” (Marc Boyer, “El turismo en Europa, de la Edad Moderna al siglo XX”). Estos rentistas, a fin de mantener su estatus elitista, pusieron en valor el ocio, el deporte aficionado y el turismo, todas cosas que les distinguían.

La película no puede ser un reflejo más perfecto de esta descripción. Primero, todos los huéspedes de la pensión florentina son británicos. Excepto George Emerson, que trabaja en el ferrocarril, y los clérigos, que también se incluían entre la clase turista, de los demás no sabemos que tengan ningún oficio. De hecho, pasan el día leyendo (Cecil, el prometido de Lucy, va de acá para allá con un libro en la mano casi permanentemente), tocando música (Lucy interpreta varias obras al piano, a veces acompañada de Freddy, su hermano), arreglando el jardín (afición de la señora Honeychurch, madre de Lucy), paseando, jugando al tenis (los hermanos Honeychurch y George son muy aficionados), viajando... y otras cosas igual de terriblemente agotadoras. O sea, el ocio, el deporte aficionado y el turismo que decíamos.

Estos viajeros que definía antes como “clase turista” y que nunca viajarían en lo que hoy se conoce como tal, unidos a todos aquellos que visitaban balnearios, playas o estaciones de esquí, aunque parezca mentira, sentaron las bases del turismo de masas que se desarrolló a partir de los años 50. Bueno, agradezcámoselo viajando tanto y tan lejos como nos sea posible. Creo que, al final, lo que transmite este largometraje, es que, recorriendo el mundo, nuestra mente se abre, se hace más libre y más curiosa y volvemos transformados.

¡Buon viaggio!

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