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Mark Hammill, actor

Barricada Cultural

 

Veo flotar las hojas de los ginkos

por Isabel Cárdenas

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Veo flotar las hojas de los ginkos bajo el último sol. Vestidas de oro, como pequeños pájaros que bailan en el cielo. Akiko Yosano nació en Sakai, rodeada del conservadurismo, la ignorancia y la deprimente atmósfera de la región de Izumi. Discriminada y vigilada por unos padres severos que lo único que esperaban de ella era que mantuviera la virginidad y trabajara en la tienda familiar envolviendo pastelillos de alubias rojas azucaradas en hojas de bambú.

Pero Akiko no se resignó a llevar la insulsa y pobre vida asignada. Cuando acababa el trabajo nocturno y se apagaban las luces, leía furtivamente con una lamparita todas las obras maestras de la literatura clásica, popular y contemporánea de Oriente y de Occidente. Era su refugio contra la mediocridad y un espacio inviolable para mantener sus sueños a buen recaudo.

Cuenta que un día, de pronto, se abrió ante ella el mundo luminoso del arte y del amor. Akiko sentía una necesidad irresistible de expresar de manera directa y con todo su ser y, cuando leyó los poemas de Tekkan Yosano, descubrió que otro mundo es posible. A partir de entonces se dedica a leer la naturaleza y a los hombres con pasión. Descubre la belleza de innumerables cosas, pero también muchas cosas desagradables y oscuras. Mi corazón es como el sol, ahogado en la tiniebla, empapado de lluvia, batido por el viento.

Akiko Yosano vivió implicada hasta el fondo en todos los aspectos. Madre de once hijos, amante, pacifista y feminista apasionada. Ensayista y poeta de incuestionable calidad. Revolucionaria estética y moral, escribió con apenas veinte años “Pelo revuelto”, el libro de poemas con el que entró en la historia japonesa del siglo XX. En sus poesías, Yosano rechaza la idea de pecado, la prepotencia que desemboca en la guerra y la hipocresía que condena y pretende enclaustrar a las mujeres para cercenar su pleno y libre desarrollo sexual y social. Deslizándose por la manga del kimono, la luciérnaga fluye en el viento azul de la noche.

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