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Mark Hammill, actor

Barricada Cultural

 

Cuatro películas... De buena cosecha (IV)

por Alicia Noci Pérez

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“El secreto de Santa Vittoria” o cuando el vino vale una vida. Esta película, dirigida en 1969 por Stanley Kramer, es la que nos va a servir de cierre de la serie, dando un punto de vista distinto a lo que habíamos visto en los tres artículos precedentes.

Y no es que tenga un subtítulo. Lo de que el vino valga una vida es la forma más sintética de definir lo que viene a ser esta historia.

Viajamos en esta ocasión a la Italia de la Segunda Guerra Mundial. Mussolini acaba de morir. El ejército nazi se repliega. Extendido por todo el país como tropas de ocupación desde el año 1943, cuando el Estado fascista del Duce comienza a desmoronarse y una gran parte del pueblo desea el acercamiento a los Aliados, que habían iniciado el desembarco. Su avance imparable lleva a los alemanes a retirarse. Pero, en su camino hacia el norte, arramblarán con todo lo que puedan.

Y es en este punto exacto donde se sitúa primero la novela de Robert Crichton, publicada en 1966 y, tres años después, la película del mismo título que traemos hoy.

El pueblo de Santa Vittoria, un sitio peculiar situado entre viñedos, que se había declarado libre tras la desaparición de Mussolini y la detención de los dirigentes fascistas locales, es invadido por las tropas de la Wehrmacht. Sus habitantes, con un alcalde caricaturesco al frente, interpretado por Anthony Quinn, que encontrará ahora su momento de reivindicarse, intentarán sobrellevarlo de la forma menos gravosa posible. Sin embargo, el empeño de los alemanes de llevarse el vino, del que la localidad es un amplio productor, dará un giro a los acontecimientos, agudizando el ingenio de toda la población.

Y es aquí donde todos están dispuestos a dar la vida por proteger su tierra, su identidad, su forma de ser o de ganarse el pan. Como en un Fuenteovejuna a ritmo de tarantella, se unen a fin de defenderse de quien les quiere arrebatar lo más preciado, el vino como trasunto de su propia libertad en un alegato antinazi y antibelicista.

En estas pinceladas vitivinícolas, resulta divertido encontrarse en este film uno de esos ejemplos de publicidad en el cine de los que podrían llamarse “como el que no quiere la cosa”. Vamos, que surgen de pronto, de manera natural y espontánea, casi sin molestar, pero ocupan toda la pantalla. Aquí el protagonista es la marca Cinzano, que adquiere parte del vino de Santa Vittoria para producir uno de los vermús más conocidos del mundo. Y es que el oficial alemán, el capitán Von Prum, al que da vida

Hardy Kruger, personaje educado, bastante respetuoso y poco dado a comportamientos crueles, comenta al alcalde Bambolini que la casa Cinzano es muy apreciada incluso en Alemania.

Aparte de esa publicidad tan poco encubierta que decíamos, no deja de ser cierto. Cinzano es el apellido de los hermanos Giovanni Giacomo y Carlo Stefano, que serán unos de los pioneros en elaborar esta bebida de forma ya muy similar a como la conocemos hoy en día. Aunque realmente la invención le corresponde a Antonio Benedetto Carpano, en el siglo XVIII, en el norte de Italia, Turín concretamente, y partirá de la receta alemana del “wermut”, que significa “ajenjo”, precisamente el ingrediente que le da su sabor característico. Pero tampoco es una creación germánica, ya que el vino aromático parece que se conocía desde época antigua.

Bebida que se elabora dejando macerar el vino con ajenjo y otras múltiples hierbas, que varían según la bodega, la casa productora y el efecto que se quiera conseguir. Pueden oscilar entre treinta y cincuenta combinaciones de esas hierbas aromáticas. Y el color rojo se consigue con colorantes derivados del caramelo.

Así que, en la próxima hora del vermú, opten por él o por cualquier otro tipo de vino, piensen que al fondo de esa copa se deposita algo más que una bebida alcohólica: la identidad de una tierra y la de las personas que caminan sobre ella.

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